Melomans: llegar y no querer irte; irte y sólo pensar en regresar

CLARA ZAPATER USERO

El viernes pasado fui al Flumen. Bueno, mejor dicho, regresé al Flumen. Y digo que regresé porque desde hace un año y medio ese teatro se ha convertido en mi segunda casa. Regresé… y lo encontré tan mágico como siempre.

Eran las diez y cuarto de la noche y quedaban 45 minutos para que Melomans, el cuarteto vocal valenciano, saliera al escenario (sí, por una vez en mi vida llegué con antelación a una cita). Me acerqué a la taquilla y recogí las entradas que un rato antes había reservado por teléfono. Y no es que me guste vivir al límite y organizarlo todo a última hora, sino que hasta las siete de la tarde yo ignoraba que iba a asistir a la función. No era por falta de ganas, sino porque ya había visto Desconcierto –así se llama el espectáculo– en tres ocasiones y era un poco excesivo hacerlo una cuarta. Sin embargo, de pronto recordé que el grupo estrenará en poco tiempo su nuevo show, y eso me hizo pensar que quizás estaba ante mi última oportunidad de vivir en primera persona un Desconcierto… La verdad es que, antes de darme cuenta, ya tenía el teléfono pegado a la oreja y estaba hablando con un chico muy simpático que me reservó dos entradas en la segunda fila.

Puerta del Teatro Flumen, Valencia. Fuente: weareplaces.com
Puerta del Teatro Flumen, Valencia. Fuente: weareplaces.com

Por cierto, hablo de “entradas” en plural porque mi hermano vino conmigo. A diferencia de mí, era la primera vez que él iba a ver actuar a Melomans, y había accedido a acompañarme sin saber muy bien cómo alguien que ha visto un mismo espectáculo tantas veces puede seguir sintiendo la misma ilusión que el primer día. Pero pronto lo comprendería todo.

Como os he dicho, llegamos a las diez y cuarto y recogimos las entradas. En la puerta del Flumen se respiraba entusiasmo. Había gente haciendo cola en taquilla y gente que, simplemente, esperaba a que llegaran las once tomando un café en la terraza del teatro. Entre todas aquellas personas, pude distinguir caras nuevas y también alguna cara habitual (no sé si será por mi buena memoria o por las múltiples veces que he visitado el Flumen, pero al final he acabado reteniendo alguna que otra fisonomía), y eso me dio qué pensar… La verdad es que no sé qué tiene más mérito: que después de cinco años su show siga llamando la atención de nuevos espectadores o que los que ya han asistido al Desconcierto se animen a volver.

Cartel promocional de Desconcierto. Fuente: www.valenciateatros.com
Cartel promocional de Desconcierto. Fuente: http://www.valenciateatros.com

Lo que está claro es que estos cuatro chicos son especiales, y esa magia la transmiten incluso a través de la foto que decora el cartel con el que anuncian su espectáculo, el cual estaba colgado a mi derecha en una de las paredes del teatro. «Melomans presenta música, teatro y humor en “Desconcierto”», dice el rótulo, a lo que se añade: «Te cantarás encima». Creo que yo no podría haberlo descrito mejor. De pronto desperté de mis pensamientos y miré el reloj. Eran las once en punto y acababan de abrirse las puertas de la sala, así que la gente comenzó a adentrarse en ella buscando su butaca. Todos lucían una sonrisa que sería todavía mayor, si cabe, cuando acabase el acto dos horas después.

Mi hermano y yo nos acomodamos en nuestros asientos, tapizados con una suave tela marrón parecida a la pana. A nuestro lado teníamos una pareja que iba acompañada de sus dos hijos, de unos cuatro y seis años. El mayor parecía tener muchas ganas de que empezase el show, pero el pequeño no tardó en dormirse, lo cual era de esperar. Y no lo digo porque el Desconcierto tardase mucho en comenzar –sólo fueron diez minutos de rigor para que los menos puntuales no se perdieran nada–, sino porque la música ambiente era relajante y espléndida. Los chicos de Melomans parecen saber que, para que una velada sea perfecta, hay que cuidar los detalles (y no sólo los que entran dentro de los noventa minutos de representación). Entre los temas elegidos para crear una atmósfera agradable, sutil y elegante pude reconocer algunos de la talla de My baby just cares for me de Nina Simone, My first, my last, my everything de Barry White, La vie en rose de Edith Piaf o L.O.V.E de Nat King Cole.

De pronto se apagaron las luces y empezó a sonar The Olympic Spirit, de John Williams. Unos solemnes Edu Escartí, Gonzalo Manglano, Pau Ferrer y Javi Reig entraron en fila al escenario, sosteniendo cada uno de ellos una silla plegable de madera. Había empezado el concierto… Bueno, rectifico: había empezado el Desconcierto. Y es que, desde la primera escena, lo que prometía ser un recital serio de música a cappella acaba convirtiéndose en un conjunto de sketches en los que a los cuatro intérpretes todo les sale al revés… Y el público los adora.

El cuarteto aparece en escena y colocan las sillas de madera a sus espaldas. Fuente: Bidcespaicultural.
El cuarteto aparece en escena y colocan las sillas de madera a sus espaldas. Fuente: Bidcespaicultural.

De hecho, les bastaron treinta segundos sobre las tablas para que la sala al completo estallase a reír, y es que estos valencianos tienen mucho talento, aunque parece que a ellos les cuesta creer que su performance pueda tener una repercusión tan positiva en el público: «La música hace aflorar nuestro peculiar sentido del humor y –lo mejor de todo–, ¡la gente se ríe con nosotros! Y es que aparte de cantar, nos encanta hacérselo pasar genial al público. Por eso desde la primera vez que nos subimos a un escenario como Melomans, en el año 2010, nuestras actuaciones se han caracterizado por combinar la música a cappella con pinceladas de humor».

Durante los noventa minutos de Desconcierto –separados por una pausa de un cuarto de hora–, todos los allí presentes disfrutamos de una interpretación exquisita de múltiples temas pertenecientes a géneros musicales variados, entre los que se incluyen diversas canciones de autor, algún bolero, habaneras, bandas sonoras que ponen la carne de gallina o temas al estilo barbershop y doo-wop, y todo esto sin utilizar ni un solo instrumento que no sean sus cuatro voces.

Melomans transportando por las called de Valencia el sillón que usan durante su espectáculo. Fuente: www.melomans.es
Melomans transportan por las calles de Valencia el sillón que usan durante su espectáculo. Fuente: http://www.melomans.es

Sin duda, algunas de mis versiones favoritas son Mr. Sandman, El bardo (que siempre me hace derramar alguna que otra lagrimilla), Sh-Boom, Ese es mi destino o Baby on Board (canción que escogieron para grabar su primer viodeoclip en 2010 y que fue sacada de un capítulo de Los Simpson en el que Homer –el padre de la familia protagonista– decide formar un grupo musical junto a tres de sus amigos). Sin embargo, el momento apoteósico de la noche llegó de la mano de Un beso y una flor, un tema de Nino Bravo que hizo que los espectadores dejásemos de lado la vergüenza y alzásemos nuestras voces para unirlas a las del cuarteto.

Puede que, visto desde fuera, los temas no tengan nada que ver entre sí, y también soy consciente de que cuesta creer que un espectáculo formado de sketches aislados pueda presentar cierta unidad estructural. Ni yo misma entiendo cómo sin contar una historia con principio, nudo y desenlace todo puede llegar a encajar… Pero así es, y ahí reside la genialidad de Melomans, que han sabido encontrar el orden en un original y desenfadado caos y continúan logrando, función tras función, que todo el público salga feliz pese al ‘desconcierto’.

Melomans durante una de sus representaciones de Desconcierto. Fuente: www.melomans.es
Melomans durante una de sus representaciones de Desconcierto. Fuente: http://www.melomans.es

Y este viernes no fue una excepción: Melomans entonó su última canción y todos los asistentes fuimos abandonando la sala felizmente desconcertados. Pero eso no es todo porque, igual que el cuarteto cuida los pequeños detalles durante los diez minutos previos al show, también lo hace durante los diez minutos posteriores. Y, quien dice diez, dice cuarenta… Una noche más, Javi y Pau se colocaron a la izquierda de la puerta del Teatro Flumen acompañados de Gonzalo y Edu, que se pusieron a la derecha, y juntos despidieron uno a uno a todos los espectadores. No sé cuántos autógrafos firmaron, cuántas copias de su disco dedicaron ni en cuántas fotografías posaron, pero todo el mundo quería compartir con ellos unos segundos. Los cuatro recibieron halagos, felicitaciones, agradecimientos y hasta alguna mirada enamoradiza por parte de varias chicas adolescentes que, quizás por vergüenza, se limitaban a mirarlos con nerviosismo desde el otro lado de la puerta de cristal.

“Se canta pero no se toca”, el disco del cuarteto Melomans. Fuente: propia.

Sean del tipo que sean, lo que sí está claro es que el cuarteto hace que afloren sentimientos positivos en los corazones del público, y quizás por este motivo me puedo permitir llamar al Flumen “mi segunda casa”… porque ellos, con su calor, transforman todo lo que tocan en hogar.

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